el tren como herramienta para viajar en el tiempo (por Gaspar)

20 de abril de 1964: El tren que viaja en el tiempo


Uno. El gusano

Dentro de una nuez, un gusano minúsculo podría devorar el fruto una y otra vez. Supongamos que, por un principio aún desconocido, el núcleo se regenerara de inmediato: el alimento infinito dentro de un recipiente finito.

Pero la cáscara no comparte el mismo privilegio. Su materia, rígida y silenciosa, acumula las tensiones del ciclo. Cada mordida, cada regeneración, deja una huella en el límite.

Dos. La cáscara

Pensemos en esa cáscara como en el tejido mismo de la realidad: un entramado de espacio y tiempo, tensado hasta su ruptura. El gusano, persistente, perfora con su hambre las paredes de la nuez, repitiendo su gesto con una frecuencia que el tejido no puede absorber.

Más vale que el núcleo se rehaga antes de que la estructura colapse.

Imagina ahora dos gusanos moviéndose dentro del mismo fruto: dos masas que curvan, en su danza, el interior del espacio. Sus trayectorias, al entrelazarse, deforman la membrana. Las grietas se insinúan: el nacimiento de un agujero, una fuga del continuo.

Tres. El tren

Tengo una bolsa de nueces en el andén. Las observo mientras el tren pasa: cada una vibra como si contuviera un universo en miniatura. A esa velocidad, el paisaje se curva; el tiempo se dilata. Cuanto mayor la rapidez, más lento el tic-tac del viajero respecto a quien lo observa.

El tren se convierte en una máquina para estirar el tiempo.

Pero supongamos que en ese estiramiento aparece un pliegue. Un gusano, otra vez, horadando la secuencia. El agujero que abre no conduce hacia adelante, sino hacia un punto previo de la espiral.

Avanzar, para regresar.

Una paradoja nutriéndose de sí misma, como un fruto que se devora y se rehace dentro de su propia cáscara.

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