el cuento de Leandro sobre Gaspar:
31 de agosto: Un cuento que más o menos sucedió de verdad
En una época donde el amor se ocultaba en susurros y miradas furtivas, Fernando y Sebastián vivieron un romance prohibido. Fernando amaba los números y Sebastián el color de las flores. Pero eso no lo hacía prohibido. Eran, al fin y al cabo, gustos diferentes unidos por una infancia común.
Un desafortunado día, Sebastián cayó enfermo y, en su desesperación, Fernando creó una poción, un elixir de esperanza, que salvó su vida. Sin quererlo, Fernando selló un destino eterno para ambos.
Así, Sebastián vagó por la eternidad, buscando deleites que poco a poco perdían su brillo. Los colores con los que las rosas le acariciaban al pasar habían perdido calidez. Mientras tanto, Fernando se aferraba a sus labores, encontrando en ellas un refugio constante y un sentido renovado.
Un afortunado día, Sebastián dio con uno de los inventos de Fernando: una llave que le permitía regresar en el tiempo. En un último intento por detener la creación de aquella poción que los unió para siempre, le pidió a Fernando compartir una última noche en la ciudad. Bajo el manto estrellado, sabían que el tiempo jugaba en su contra.
Cuando Sebastián partió, consciente de que su final se acercaba, comprendió que el universo, con toda su vastedad, era tan maravilloso como las matemáticas que amaba Fernando y que encontraba en cada rincón del mundo.
—Hay geometría en esa concha que acabas de coger de la orilla—le susurró Fernando una vez.
De vuelta al comienzo, Sebastián impidió que Fernando elaborara la poción. La consecuencia fue clara: en cuestión de semanas, Sebastián mismo ya no estaba.
Fernando aprendió a salir fuera de su laboratorio más a menudo, a apreciar los colores que tanto hipnotizaban a Sebastián. Y fue allí fuera, mientras estaba sentado escuchando el riachuelo, que una libélula apareció, posándose suavemente en su hombro, como un pequeño milagro que sellaba su despedida.
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